Un
llamado a decidir:
¿Seguiremos a Jesús... o a los Fariseos?
Sermón
para el Décimoprimer Domingo después de Pentecostés
19 de
Agosto de 2001 (Leccionario Estándar Revisado)
Isaías 5: 1-7
Salmo 80: 1-2, 8-18
Hebreos 11: 29 - 12:2
Lucas 12: 49-56
(Este Sermón fue pronunciado
por el Arzobispo Bowman cuando fue predicador invitado en la histórica St. Marks, Iglesia
Episcopal en Cocoa Village, Florida, domingo 19 de agosto de 2001.)
Buenos Días. Soy el Padre Bob, Arzobispo Primado de la Iglesia
Católica Unida, United Catholic Church, (algo así como su Arzobispo Presidente). Y
aunque soy responsable de las actividades del mi Iglesia alrededor del mundo, me he
retirado de la labor Pastoral Parroquial. Y como no hay ninguna Parroquia nuestra en esta
área y estamos en completa comunión con la Iglesia Episcopal, mi esposa Maggie y yo
hemos adoptado a san Marks como nuestra Parroquia. (Asistimos a todas las Iglesias
Luteranas y Episcopales del área antes de encontrarlos a ustedes) Aquí nos sentimos en
casa y esperemos que ustedes estén a gusto con nosotros.
El Padre Tom me ha pedido que les comente un poco sobre nuestra
Iglesia, y así lo haré. La Iglesia Católica Unida nació de la Antigua Iglesia
Católica, misma que rompió con Roma en 1870 a causa del dogma de la infabilidad del
Papa.
El Catolicismo Antiguo intenta recuperar la catolicidad genuina (o
universalidad) que existió durante el primer milenio del Cristianismo, cuando todos los
Patriarcas estaban unidos y practicaban los verdaderos concilios ecuménicos que
representaban a todos los obispos del mundo Cristiano.
El Catolicismo Antiguo rechaza todas las innovaciones doctrinales
introducidas por Roma desde el Gran Cisma de 1054. Esto incluye, por ejemplo, la
infabilidad papal, las doctrinas Marianas, la adición del filoque al Credo
Niceno-constantinopolitano y el término legalista de la transubstanciación del concilio
de Trento. Rechazamos todo los "anatemas" lanzados entre Roma, Constantinopla,
Protestantes y Anglicanos. Con San Jerónimo, rechazamos la pertenencia al canon de los
libros Deuterocanónicos (mismos que ustedes llaman apócrifos). Así que usamos la misma
Biblia que ustedes utilizan. Por lo tanto, aquellos conceptos Romanos que no poseen
soporte bíblico dentro de los libros del canon pierden su estatus de dogma en nuestra
Iglesia. (La gente es libre de creer en ellos pero no es requisito hacerlo) Esto incluye
al purgatorio, a las indulgencias y a la costumbre de rezar por los muertos (apoyados
solamente por los libros apócrifos). Esto incluye las doctrinas Marianas de la Asunción
y la Inmaculada concepción que carecen totalmente de soporte bíblico.
Creemos que para ser Católico se necesita ser primero Cristiano, es
decir, creer lo que todos los Cristianos creen. Aún más, los Católicos creemos en tres
cosas. Creemos que la sucesión apostólica es realmente importante, esto es, que la
imposición de las manos nos conecta a la línea de los Apóstoles y a la autoridad que el
mismo Jesús les dio. Creemos que los Sacramentos verdaderamente efectúan algo en
nosotros y que son usados por Dios para impartir en nosotros su Gracia. Finalmente,
creemos en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Ahora bien, cada uno de ustedes,
como miembros de la Iglesia Episcopal, cree exactamente en esto que acabo de decir. Por lo
tanto todos ustedes son verdaderos Católicos en el sentido extenso de la palabra.
En resumen, nuestra teología es casi idéntica a la teología de
las Iglesias Episcopal y Luterana.
No obstante, la Iglesia Católica Unida no es solamente teología.
Como somos una Iglesia Católica independiente no estamos sujetos a la jurisdicción de
Roma ni a sus leyes hechas por hombres. Es por esto que hemos regresado a muchas de las
prácticas de las primeras Iglesias Cristianas que fueron abandonadas por Roma. Una de
ellas es el celibato opcional. Los sacerdotes y obispos son libres de casarse. Otra de
ellas es la participación del laicado y el presbiterio en la elección de sus propios
obispos. Como la Iglesia Primitiva, nosotros celebramos la Eucaristía en el hogar. De
hecho, la mayoría de nuestras Iglesias son Iglesias-Hogar. E incluso cuando existe el
edificio, este pertenece a los parroquianos quienes pagaron por él, de ninguna manera al
obispo. Hemos intentado divorciar a la jerarquía (quienes no reciben salarios) del dinero
y del poder, y regresarlos a ser los servidores de la gente, como lo quiso el mismo
Jesús. Como la Iglesia Primitiva, nosotros ordenamos mujeres a todos lo niveles de la
jerarquía. Y hemos abrazado la tradición pacífica de los primeros tres siglos. Nosotros
predicamos (y ojalá practiquemos) la no violencia.
Principalmente diferimos de Roma en filosofía y actitud. Estamos
intentando recuperar la alegría de la Iglesia Primitiva. Esperamos que la frase
"Mira a estos Cristianos cómo se aman" sea aplicable a nosotros. Para cumplir
esto es esencial liberarnos de todo legalismo, racismo, sexismo, autocracia, dogmatismo y
prejuicio.
Dejamos que las decisiones sobre control natal sean tomadas por la
esposa y el esposo. Aceptamos con los brazos abiertos a los divorciados, las divorciadas y
vueltos a casar (Cierto es que el divorcio usualmente involucra pecado... ¡pero ninguno
imperdonable! Enfáticamente rechazamos el hipócrita requisito de anulación) Aceptamos a
aquellos cuya orientación sexual difiere de la nuestra. No les imponemos ningún tipo de
celibato obligatorio. Invertimos nuestro tiempo en erradicar de raíz la injusticia social
en vez de gastarlo en preocuparnos en conceptos ajenos de impureza. Basamos nuestra
conciencia social en Amós y en Isaías en vez de hacerlo en el Levítico y el
Deuteronomio. En otras palabras, escogemos seguir a Jesús, no a los Fariseos.
Esto nos lleva a las lecturas del día de hoy. Por cierto, para
alguien que ha pasado treinta y cuatro años predicando la paz y la justicia, la lectura
del Evangelio de hoy es mi menos favorita. ¡Oh todo lo que pude haber dicho con las
lecturas de la semana pasada! Me encanta esa parte de Isaías, "Busquen la justicia,
rescaten al oprimido, defiendan al huérfano, pidan por la viuda." ¡Grandes
palabras! Y el Salmo 33, mi favorito entre todos los demás. "Un rey no se salva por
su poderoso ejército. El guerrero no se salva por su fuerza. El caballo de guerra es una
esperanza vana para la victoria y con su poder no puede salvar." He utilizado estos
pasajes cientos de veces predicando en contra de la idolatría nuclear, Star Wars y presupuestos gordos para la defensa.
¿Pero hoy? "No he venido a traer paz sino la espada."
¿Qué se supone que debe hacer con esto un viejo predicador de la paz?
Entonces lo entendí. En la Palestina de los tiempos de Jesús
había diferentes tipos de paz. Había la Pax Romano, la paz de una dictadura, la paz del
totalitarismo, la paz de la opresión, la paz de un status quo injusto. Naturalmente,
Jesús no estaba a favor de ninguna paz parecida a éstas. En su lugar, ofreció la espada
de la división, la espada de la revolución una revolución para liberar a su
gente.
No es de sorprenderse que muchos de los discípulos de Jesús
esperaban que asumiera el papel de rey guerrero y los condujera a una insurrección armada
en contra de la ocupación Romana.
No obstante, eso no era a lo que se refería Jesús. La espada de
Jesús era de doble filo, por un lado amor y por el otro la verdad. Su revolución, para
decepción de muchos de sus seguidores, era pacífica. Sin embargo no dejaba de ser una
revolución, misma que derrotó al Imperio Romano
sin (para usar términos actuales)
que una bala fuese disparada. Oh, ¡qué si fue una revolución sangrienta! Pero la única
sangre derramada por sus seguidores era la propia.
La revolución de Jesús no era solamente en contra de la tiranía
de Roma. También era en contra de la hipocresía y la intolerancia de los fariseos y del
poder y la avaricia de los Levitas. En contra de los prejuicios que los judíos tenían de
los mestizos, de los Samaritanos herejes. En contra de la marginación de las mujeres y en
contra de la apatía de la gente. Ante todo, era una revolución en contra del legalismo
de las autoridades religiosas, de la culpa y desesperanza que la gente común sentía y
del concepto malentendido por ambos de quién es Dios.
Jesús liberó a su gente, no eliminando a los romanos, sino
eliminando con su espada la imagen de un Dios vengador y revelando en su lugar a un Dios
que es infinitamente amoroso, comprensible y misericordioso.
Jesús liberó a su gente, no eliminando a los enemigos,
persecutores y quienes los mantenían cautivos, sino que con su espada de amor eliminó el
odio, el resentimiento, la amargura y el rencor de los corazones de sus seguidores.
Jesús dijo que él había venido a traer fuego al mundo (y como
deseaba que estuviera ardiendo ya). De hecho, él sí trajo el fuego. El fuego del amor en
los corazones de sus discípulos y aquellos que lo seguían. Este fuego de amor se
convirtió en un incendio que transformó al mundo para siempre. Su combustible no era la
gasolina sino la sangre de los mártires. Incluso hizo que el incendio de Nerón en Roma
quedara en ridículo.
Se dice que había una parroquia muy concurrida en una gran urbe. En
esta Iglesia había casi dos mil personas. La Misa estaba a punto de comenzar cuando tres
hombres que vestían largas gabardinas negras y sombreros entraron al templo, llegaron
hasta el frente, se pararon uno de cada lado y otro al centro. De pronto sacaron
ametralladoras que traían escondidas bajo sus gabardinas. El hombre de pie en el pasillo
central grito: "¡Escúchenme Cristianos! Todo el que este listo para recibir una
bala por Jesús quédese aquí. El resto de ustedes tiene un minuto para salir de
aquí."
El lugar empezó a quedarse vacío rápidamente. El coro y los
ministros abandonaron el presbiterio por la puerta que pudieron. En menos de un minuto ya
se habían ido. De las dos mil personas quedaron como veinte de pie en su lugar.
De pronto los tres hombres guardaron sus ametralladoras y se
quitaron gabardina y sombreros. El hombre del pasillo central dijo: "Muy bien, ahora
que los hipócritas se han ido podemos empezar el servicio."
El problema era que no podían comenzar el servicio pues el
sacerdote se había marchado.
¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a recibir una bala por
Jesús?
El mundo de hoy necesita tanto de la espada de amor y de verdad como
la necesitaba el mundo hace dos mil años. El mundo de hoy necesita tanto del incendio del
fuego del amor de Dios como lo necesitaba el mundo del Imperio Romano. Y ese incendio no
está extinto. Pero en muchos lugares se ha convertido en una brasa moribunda.
De vez en cuando el Espíritu Santo sopla sobre esa brasita y la
convierte en fuego. De vez en cuando un mártir alimenta al fuego con su sangre. El
Arzobispo Oscar Romero lo hizo. El tomó una bala por Jesús mientras defendía a los
pobres en contra de los avariciosos, de los arrogantes y de la aristocracia cruel de el
Salvador. El reverendo Martin Luther King, Jr. lo hizo. El tomó una bala por Jesús
mientras defendía a los oprimidos en contra de la aristocracia arrogante, hipócrita y
prejuiciosa de Alabama.
Cuando estos mártires defendieron a los humillados y a los pobres
defendían al mismo Jesús. Sin importarles su propia vida tomaron su cruz y siguieron a
Jesús hacia el Calvario.
No, Jesús no trajo paz al mundo. Los mártires de todas las épocas
lo confirman. Pero sí trajo paz a nuestros corazones. Aquellos que empuñan la espada del
odio acumulan para sí tormento. Eventualmente sus corazones se vuelven de piedra. Pero
aquellos que empuñan la espada del amor y la verdad acumulan para sí alegría. Sus
corazones se sumergen en la paz.
La lectura de hoy sacada de la carta de Pablo a los Hebreos habla de
gente de fe. Algunos sufrieron burlas y lapidaciones, incluso cadenas y prisiones. Fueron
apedreados hasta la muerte, fueron rebanados en dos, fueron asesinados por la espada;
deambularon en pieles de borregos y cabras, vagabundos, perseguidos y atormentados.
Debemos recordar que por cada lapidado hay alguien más lapidando. Alguien empuñó la
espada, las piedras y el hacha. Si hay perseguidos, entonces también hay perseguidores.
Esta es la división de la cual habla Jesús. La pregunta de ahora es: "¿en qué
lado estamos?"
El status quo de nuestros días no es menos inaceptable a los ojos
de Dios que aquel del tiempo de Jesús. Entonces, ¿por qué somos tan permisivos? Hay
cosas incorrectas que deben ser cambiadas, sufrimientos que deben ser aliviados,
autoridades a las que hay que resistirnos, gente que debe ser amada. No dejen que los
placeres y las comodidades de la vida endurezcan sus corazones y los hagan ciegos a las
necesidades de los amados de Dios los pobres, los marginados, los que sufren.
Dejemos que el Espíritu Santo entre en nuestros corazones e inicie la llama del fuego de
su amor.
Después, hay que hacer algo al respecto. Permanezcan de pie por
Jesús. Estén dispuestos a aceptar una bala por Jesús. Si en verdad creemos lo que
decimos en este servicio, si tomamos en serio lo que profesamos, si en verdad entendemos
lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros... y lo que está a punto de hacer
en este banquete Eucarístico, entonces nuestros corazones deben de estar ardiendo en
llamas de amor y gratitud. Debemos de estar dispuestos a marchar jubilosamente a las
fauces del león, cantando todo el tiempo himnos de Gloria y gratitud.
En realidad muy pocos de nosotros vamos enfrentarnos a una
situación en la que se nos pida morir por Jesús. Pero por el amor de Dios, lo menos que
podemos hacer es vivir por y para él. Pero, ¿qué significa esto? ¿Cómo podemos
ayudarle a Jesús en su tarea de eliminar la imagen de un Dios vengativo que lleva cuenta
de los pecados para revelar al Dios del amor y la misericordia?
En la Iglesia Católica Unida creemos que para seguir el ejemplo de
Jesús debemos administrar los sacramentos con generosidad ejemplar y que debemos limitar
el impacto que las leyes hechas por hombres tienen en la vida de los creyentes. La Iglesia
ayuda a salvar gente, no por medio de las reglas y leyes que imponga, sino por el ejemplo
que dé del amor generoso e ilimitado de Dios.
Creemos que la división más grande que Jesús estableció fue
aquella entre él y los fariseos. Jesús se metía continuamente en problemas con los
fariseos por relacionarse con los pecadores, incluso por comer con ellos. Los fariseos
estaban siempre en búsqueda de infracciones a la ley por parte de Jesús. No eran malas
personas; de hecho eran muy buenas personas, pero se volvieron tan legalistas que,
perdieron el espíritu del Judaísmo, el júbilo de pertenecer al Pueblo escogido de Dios;
también perdieron la compasión por la gente ordinaria, por las viudas, los huérfanos,
los leprosos y los marginados. Su vida entera estaba dedicada a asegurarse que la gente
cumpliera las leyes. Jesús, en cambio, siempre señaló que las reglas fueron hechas para
ayudar a mejorar la vida de las personas, no para convertirse en una insoportable carga.
Sin el espíritu de la alegría, las leyes son incluso peor que inútiles, son mortales.
Como san Pablo lo dijo: "La Ley mata, pero el Espíritu trae vida."
Los siglos pasaron y los legalismos se colaron de nuevo.
Ocasionalmente llega un san Francisco para tratar de reavivar el fuego del amor y la
alegría que Jesús encendió. Pero siempre se ahoga gracias a una nueva cofradía de
fariseos y hay que reavivarlo de nuevo.
Y, ¿saben qué? Las Iglesias Cristianas de hoy están atiborradas
de fariseos no solamente la Iglesia Católica Romana, todas las demás Iglesias
Cristianas lo están también. No le digan a nadie, pero me he enterado que incluso hay
algunos entre las Iglesias Episcopales. Y no sólo se contentan con reforzar las viejas
leyes. Están continuamente inventando nuevas.
Esto nos ha motivado, con el impulso del Espíritu Santo, a dejar de
lado la autoridad del Vaticano y construir una
Iglesia inclusiva, no prejuiciosa y democrática. Una rama de aquella Iglesia una, santa,
católica y apostólica a la que todos pertenecemos. Estamos determinados a seguir a
Jesús, no a los fariseos.
Frecuentemente nos preguntan: "Bueno, ¿Por qué no se
adhirieron a la Iglesia Episcopal?" (Créanos, lo pensamos... ¡y mucho!) La
respuesta es que hay millones de Católicos Romanos alienados y excomulgados que nunca van
a la Iglesia y nunca reciben la sagrada Eucaristía. Quienes además tienen miedo de ir a
una Iglesia Protestante. Les fue enseñado desde niños que eso los mandaría derecho al
infierno. Estos alejados, modernos leprosos y samaritanos, necesitan de una Iglesia
Católica que los acepte tal y como son y que los llene del amor de Dios a través de los
Sacramentos. Esta es nuestra misión.
Nosotros les damos la bienvenida a todos los cristianos, pero nuestra misión está
dirigida hacia aquellos Católicos Romanos que se sienten sin Iglesia. Divorciados y
vueltos a casar, homosexuales y lesbianas, negros y cafés, pobres y vagabundos, madres
solteras, demócratas liberales... ¡quién sea! Los recibiremos a todos. Al alejado le
ofrecemos inclusión; al rechazo aceptación; al afligido, consuelo; al pecador, perdón;
al desesperado, esperanza; al emproblemado, paz.
Para concluir, ser Cristiano o Católico no se trata de ser miembro
de una institución. Se trata de ser miembro del Cuerpo de Cristo. No se trata de en qué
creas. Se trata de en quién confías. No se trata de seguir las reglas. Se trata de
seguir a Jesús. Que Dios nos conceda a todos la Gracia de llevar esto a cabo y de seguir
a Jesús por sobre todas las cosas.
Oremos.
Señor, todo lo que tenemos viene de ti. El calor del sol, la brisa
suave del océano, el sonido de la risa de los niños, el olor a pan recién hecho, el
sabor del buen vino, el toque de la caricia que viene del amado todo viene de ti.
Todo lo que amamos es un regalo de tu amor.
No permitas que nos alejemos de ti, ni que nuestros corazones se
vuelvan de piedra. Envía a tu Espíritu para que encienda en nuestros corazones la llama
de tu amor. Ayúdanos a poner en práctica ese amor mediante la preocupación por los
pobres, los alejados, los rechazados a quienes tú amas tanto. Ármanos con tu espada de
amor y de verdad y ayúdanos a empuñarla con coraje en la lucha no violenta por tu Reino.
Hemos decidido seguirte a ti y no a los fariseos. Ayúdanos a vivir esa elección.
Nuestra vida es tuya. Tómala. Úsala. Concédenos amarte siempre y
haz de nosotros lo que sea tu voluntad. Amén.
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